-¡Papá, despierta! ¡Es Navidad!- grité.
-Vete a dormir hija, es muy temprano...- dijo indiferente.
No lo entiendo... ¿será verdad eso, de que la ilusión se pierde con los años?
Desde luego, yo no quiero acabar así...
-Vamos a hacer un muñeco de nieve, ¡será divertido!
-Papá tiene sueño, pequeña, luego.
Al ver las pocas ganas que tenía mi padre de pasar un rato agradable con su hija, cogí una chaqueta, unos guantes y un gorro y salí a la calle para hacer mi muñeco.
Cuando salí, mis pies se enterraron en la nieve, y al despejarla, encontré un broche.
Lo cogí, e inmediatamente un hombre me lo quitó.
-Aquí estás.- dijo el hombre. Parecía muy contento, mientras observaba su gran barba blanca se dispuso a mirar el broche con aprecio.
-¿Es suyo?- dije extrañada.
-Sí, el otro día paseando con mi esposa por los alrededores se le calló. Está furiosa buscándolo, es muy importante para ella, ¿sabes?
-Es muy bonito.
-Desde luego, este broche ha viajado de generación en generación. Tenemos muchos en casa, pero cada uno de ellos es importante. Es como una costumbre familiar.- dijo con un tono de voz desconcertante.
-Me alegra haberle ayudado, si me disculpa, voy a hacer un muñeco de nieve.
-¡Oh!, ¡un muñeco de nieve!, ¿puedo ayudarte a hacerlo, pequeña?, me haría mucha ilusión.- ¡Lo sabía! No todo el mundo pierde la ilusión con los años, y me alegró. Mi padre me había dicho muchas veces que no hablara con desconocidos, pero ese hombre era tan simpático...
-De acuerdo, empecemos.- mientras hacíamos nuestro muñeco de nieve, el hombre me contó cosas sobre su mujer y lo importante que era la Navidad para su familia.
Al terminar, nos miramos y sonreímos al ver lo bien que nos había quedado el muñeco de nieve.
-¿Quieres venir a casa, a tomar un chocolate caliente?, así conocerás a mi mujer, se pondrá muy contenta al saber que fuiste tú la que encontraste su broche, te dará muchas golosinas.- Sé que está mal irse con desconocidos, según mi padre, no sabes lo que te pueden hacer, pero, ¿acaso importaba?, mi padre prefería dormir. Y a mi, pues me apetecía un chocolate bien caliente.
-¡Claro, me encantaría!
-¿En serio?- sonrió.
-Por supuesto, me apetece mucho.- dije muy convencida.
Nos dirigimos a su casa, y al llegar, su mujer me dio la bienvenida con el chocolate caliente tan esperado.
Estaba buenísimo, muy sabroso y con un toque especial.
Empezamos a charlar del broche, y sobretodo de la Navidad.
-¿Te gusta el chocolate?, ¿quieres más?- me dijo la mujer, muy simpática.
-Sí, por favor, está muy rico, gracias.- dije.
A medida que me iban hablando iba teniendo más sueño, quizás mi padre tenía razón, y era muy temprano cuando me levanté, no lo sé, pero no me sentía muy bien.
-¿Hola?- ¿Dónde estaba?, lo último que recuerdo fue aquel chocolate tan dulce y a la señora hablándome del broche... pero... ese sitio, estaba oscuro. Tenía miedo, mucho miedo.
Al fijarme en mi chaqueta, tenía el broche puesto.
¿Qué ocurría?, ¿Por qué estaba encerrada? y lo más importante, ¿qué hacía con el broche tan querido del señor de la barba blanca?
No entendía nada.
-No te preocupes, a todos nos pasa al principio.- dijo un niño acercándose a mi.
-¿Dónde estamos?- dije asustada, al ver que habían más niños.
-Este sitio es especial, en Navidad, el señor de la barba nos encierra aquí.
-¿Para qué?- dije con la voz entrecortada.
-Dice que aquí estamos bien, cada uno de los broches que llevamos, nos protege.
-¿De qué nos protege?
-De la felicidad. El hombre de la barba blanca dice que ser feliz es peligroso, por eso nos encierra.
-¿Y los broches...?
-Al ponerte el broche no quieres ser feliz, y así, estarás a salvo.
Estaba asustada, quería volver a casa y olvidarme de todo, no me sentía a gusto en ese sitio, con esos niños tan extraños.
Los intenté convencer de que ser feliz era bueno, pero mientras llevaran los broches, no conseguiría nada.
Inmediatamente se me ocurrió una idea.
Me quité el broche e hice que los demás también lo hicieran. Pensamos en cómo poder escapar, y lo conseguimos.
Al estar fuera, comprendí el sentido de la Navidad.
La Navidad es familia, amigos, esperanza, en definitiva FELICIDAD.
Tiramos todos los broches al mar, e hicimos entender con eso, que, la vida es un río, y la muerte es la mar, y si no intentas ser feliz, la mar se apoderará de ti.
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